17 de octubre, 2016

* Fernando Esteve Mora

daesh

La variedad organizativa de los grupos terroristas es amplia e incluye la simple ausencia de organización, el caso de los llamados “lobos solitarios”, las células desconectadas, las organizaciones en red de células más o menos autónomas (Al Qaeda), y las organizaciones complejas y jerarquizadas. Estas últimas muestran también gran diversidad. Algunas son pequeñas, pero en algunos casos alcanzan un tamaño tal que les lleva a tener que cumplir funciones administrativas propias de las organizaciones gubernamentales. Así, por ejemplo, Hezbollah se encarga de la gestión del abastecimiento del agua y de la energía eléctrica en barrios de Beirut.

Un paso adelante en esta cadena de complejización organizativa lo representa el ISIS/DAESH. En efecto, una vez que un grupo terrorista, como ha sucedido con Daesh, ejerce “el monopolio en el uso de la violencia” en un territorio, y no sólo eso sino que también se encarga de suministrar para la población que en él reside bienes públicos como la administración de la justicia, el orden público, la educación, la sanidad y las demás funciones económicas y administrativas imprescindibles para que una comunidad exista (sistema de pensiones, cobro de impuestos, etc.) cabe cuestionarse si su adscripción a la categoría de grupo terrorista es adecuada. Cierto que para llegar a ser estado con arreglo a la definición de Max Weber, al DAESH le ha faltado cumplir la condición de que su monopolio en el uso de la fuerza fuese legítimo, legitimidad que habría de haberle sido otorgada por los demás miembros de la comunidad de estados, por lo que considerar al ISIS como un estado más sería patentemente inadecuado, pero también es obvio que el ISIS es algo más que una organización terrorista como las demás. Aunque sólo sea porque no se considera a sí mismo sino como un estado con una “legitimidad” histórica que lo relaciona con los califatos medievales.

Pese a no ser un estado de pleno derecho, pese a ser un cuasiestado con un monopolio en el uso de la fuerza cuestionado, no se le puede negar al ISIS su fulgurante carrera. De unos orígenes como un pequeño grupo más en 2004 como respuesta a la invasión estadounidense de Irak, el DAESH en sus momentos de mayor expansión ha llegado a controlar un área de 138.000 km 2 y a ejercer su control sobre 8.000.000 de personas.

Ese éxito meteórico no se debe a los designios del cielo ni al cumplimiento de oscuras profecías coránicas. Tiene una fácil explicación cual es la muy especial situación geopolítica en la que el ISIS se ha desenvuelto: la guerra civil en Siria, la lenta e incompleta recomposición del estado en Irak, la búsqueda de protección de las poblaciones sunníes ante la expansión y revanchismo de la mayoría chií en Irak, el apoyo indirecto e implícito de Turquía a cualquier grupo que atacase al bastión kurdo en Irak, el apoyo financiero de los países del Golfo deseosos de frenar la expansión del área de influencia de Irán, y finalmente el reconocido hecho de que el ISIS no era una amenaza directa contra Israel, pero que a este actor fundamental en la zona le venía bien su presencia en la medida que obligaba a los EE.UU a permanecer más que atento a lo que pasase en la zona. Todos esos factores han coadyuvado a esa expansión fulgurante del ISIS, expansión o mejor, sobreexpansión, pues era claramente excesiva e insostenible a tenor de la debilidad del sedicente Estado Islámico como tal estado.

En efecto, el ISIS ni siquiera es un gigante con pies de barro. Como estado carece de una base económica digna de tal nombre, sus recursos financieros, considerables para un grupo terrorista, son irregulares y escasos para un estado y su capacidad militar (estimada en torno a los 20-25.000 efectivos) risible ante la de los estados de la zona. Por ello no ha sido nada extraño que una vez que la intervención rusa en apoyo a Assad en Siria alterase el mapa geoestratégico en la zona, la debilidad estructural del ISIS se haya revelado a las claras en una cadena de derrotas que apunta a su hundimiento definitivo. Sencillamente la realidad de su debilidad se ha puesto finalmente de manifiesto.

Pero la previsible derrota del ISIS, la imposibilidad de que el ISIS se consolide como estado terrorista le va a obligar inevitablemente a dar un paso atrás y volver a la posición anterior en la cadena de complejización de las organizaciones terroristas, es decir, volver a ser un grupo terrorista sin base territorial. Ello planteará una amenaza de nuevo cuño, pues si bien el ISIS como cuasiestado era débil como grupo terrorista será ciertamente un grupo formidable. Sus medios técnicos, la capacitación militar de sus miembros, sus recursos económicos y organizativos no le daban para ser un estado comme il faut, pero sí que son más que suficientes y le posibilitan para convertirse en la auténtica amenaza terrorista global. La diáspora de sus miembros unos miembros deseosos de venganza y revancha contra un Occidente responsable de su hundimiento caso de una derrota territorial completa, posiblemente -esta vez sí- infiltrándose en las corrientes de refugiados, será sin duda el riesgo más probable a la seguridad que Occidente haya de encarar en los próximos años.

 

 

* Fernando Esteve es Doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid, profesor titular de Fundamentos del Análisis Económico, de la Facultad de Económicas de la UAM y Director de la Escuela de Inteligencia Económica. 

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DAESH: DE CUASIESTADO A GRUPO TERRORISTA