13 Agosto, 2014

*Enrique Ávila

Infoxicación

Habitualmente, dedico una parte importante de mi tiempo a la lectura. Me considero un ávido lector de libros. Libros de todo tipo. Novela, Filosofía, Derecho, Física, Astronomía… Mis capacidades se orientan hacia la pluridisciplinariedad y la relación entre conocimientos diversos más que hacia la hiperespecialización y ello, sin duda, ha marcado la óptica con la que afronto los problemas y, por ende, mi modelo de toma de decisiones.

El hábito de lectura es un buen hábito y la lectura de un libro me ha permitido el más que saludable proceso de reflexión sobre los contenidos y las ideas que esa lectura me ha generado.

Se trata de un modelo de enriquecimiento progresivo que, siempre que he podido (y no ha sido fácil a veces), he complementado con el no menos saludable hábito del intercambio de ideas con otras personas que, con su exposición de puntos de vista siempre enriquecedores de los que, por mí mismo, podía obtener en solitario, permitían configurar una corriente de pensamiento de cierta profundidad intelectual.

Hace un tiempo, por mor de la eclosión de la tecnologías de información y de comunicación, el objeto de mis lecturas pasó del libro al documento. El acceso a Internet y a múltiples fuentes de información de forma rápida y abierta indujo ese paso.

Trabajar con varios documentos al tiempo se transformó en mi modelo de trabajo habitual. Este modelo supone que has de adentrarte en una estructura mental de compartición de la atención entre varias fuentes, al mismo tiempo. Ello induce la adquisición de ciertas habilidades de síntesis y relación de la información así adquirida pero al tiempo, sin duda, he sido consciente de una merma progresiva en mi capacidad de atención sobre un determinado problema intelectual.

Este análisis ha sido compartido con personas de mi entorno y todas ellas han coincidido en que, en líneas generales, parece acertado. De lo antedicho, deduzco que se ha convertido en un modelo, ampliamente compartido por la comunidad, de generación de conocimiento que, en cierta manera, genera dificultades a la hora de mantener una continuidad sobre nuestros procesos clásicos de generación de ideas de profundo calado.

¿No hemos notado nunca nuestra incapacidad para mantener centrada la atención sobre un texto complejo? He de reconocer que me ocurre y que, solo a través del ejercicio de un notable esfuerzo de voluntad que incluye el reentrenamiento en la lectura de textos complejos y de considerable extensión logro mantener controlada la tendencia a extender mi atención fuera del objeto de la misma.

Algo parecido ocurre con nuestro devenir diario como ciudadanos, como seres humanos que conviven en una sociedad compleja e interconectada.

Nuestra vida diaria se ve sometida a millones de estímulos. La mayoría de los mismos, pasan completamente desapercibidos para nuestro ser consciente. Es nuestro inconsciente el que los absorbe sin análisis racional alguno.

Incluso los que son percibidos conscientemente, son tan numerosos, tan heterogéneos, tan dispares que, aunque sean mínimamente racionalizados, se ven aplastados de forma casi inmediata por una nueva ráfaga de estímulos impidiendo su análisis en profundidad. Por supuesto, intentar reflexionar sobre los mismos, de forma individual, es una completa entelequia. Nuestra capacidad de atención y de reflexión se ve aplastada (vuelvo a usar un término que me parece completamente pertinente), por millones de estímulos que somos incapaces de absorber conscientemente pero que, sin duda, generan consecuencias para nuestro modelo de pensamiento y nuestra capacidad de reacción.

Algo parecido ocurre con las emociones. Los estímulos emocionales nos cercan. Impiden, por su número, que centremos nuestra atención sobre alguno de ellos de forma exclusiva provocando una situación de aletargo de nuestras emociones que, trasladada socialmente, tiene como consecuencia que las sociedades pierdan su capacidad de reacción frente a las agresiones de toda índole. Creo que todos observamos el letargo en que parecen sumirse nuestras sociedades cuando, teniendo disponible la información, una información que en otras circunstancias históricas hubiesen provocado reacciones de todo tipo, la antedicha reacción se produce en muy contadas ocasiones.

Hace un tiempo leí, y me parece una frase demoledora, algo similar a esto: “Nuestra capacidad de reflexión tiene una profundidad de un tweet (140 caracteres) y nuestra respuesta emocional la de un emoticono.”

Las sociedades que sufren de infoxicación, que no son capaces de centrar su atención sobre los elementos necesarios para su evolución y mejora, son sociedades condenadas al fracaso.

La Inteligencia, entendida como un conjunto de procesos, de estrategias y de gestión del conocimiento, orientadas a evitar la infoxicación tanto individual como colectiva de las organizaciones o de la sociedad en su conjunto, se configura como una herramienta clave a la hora de enfrentar todos los problemas descritos con anterioridad.

Se han de orientar las capacidades hacia la generación de Inteligencia Colectiva, de tal forma que, a pesar de que la evolución lógica de nuestra Sociedad de la Información trate de llevarnos por el camino de la infoxicación, seamos capaces de dirigir nuestro propio relato hacia el uso de las tecnologías, del conocimiento y de las capacidades de los individuos en el análisis profundo de las consecuencias de determinadas decisiones tanto en el corto como en el medio y largo plazos, de tal manera que seamos capaces de construir sociedades más resilientes y adaptativas a los riesgos y amenazas a las que avoca la dependencia de la tecnología para la propia supervivencia de nuestro modelo social.

La comprensión profunda o la construcción de conceptos difíciles de aprehender y muy complejos tales como los de dinámica social, redarquía, sociedades de riesgo 0 o la propia construcción del relato, a partir del uso de metodologías de análisis provenientes del mundo de la Inteligencia en todas sus variantes se configura como una necesidad irrenunciable dentro de nuestras sociedades.

*Enrique Ávila es Jefe de Área de Seguridad de la Información de Guardia Civil y Co Director en Centro Nacional de Excelencia en Ciberseguridad (CNEC) de la UAM

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INFOXICACIÓN E INTELIGENCIA