30 Marzo, 2016

* Fernando Esteve Mora

Lógica Terrorismo

 

Como mucha gente he estado pendiente del nuevo atentado yihadista, que esta vez le ha “tocado” a Bruselas. Conforme pasaban las horas y más oía a tanto periodista, político, experto y opinador casual -de esos que pasean por la calle Carretas de Madrid a la espera de que les “enchufen” un micro”- más me desesperaba al oír tanta cacofonía desordenada de opiniones, tanto análisis causal que no resistía el más mínimo análisis. Pensé en la necesidad de un poco de orden…y ahí van mis reflexiones al respecto

A la hora de abordar la explicación causal de un fenómeno cualquiera, incluso de un acto terrorista, me he acostumbrado a hacerle caso al viejo Aristóteles. Es “mano de santo” a la hora de clarificar un asunto y poner las diversas explicaciones que de él se ofrecen en el lugar que se merecen. Aristóteles, en su Lógica, distinguía cuatro tipos de causas de los fenómenos o acontecimientos: la material, la formal, la eficiente y la final, que, de modo aproximado, podemos asociar a las cuatro respuestas que se debieran poder ofrecer a las cuatro preguntas que enmarcan un fenómeno: qué ha sido, cómo ha sido, por qué ha sido y para qué ha sido. Trataré aquí de aplicar este método aristotélico al caso del atentado de Bruselas y en general a los atentados yihadistas en Europa Occidental (los de Madrid, Londres, Paris y Bruselas, de momento), a ver si se puede llegar a algunas conclusiones siquiera un poco más consistentes que las de los tertulianos profesionales cuando se lían en esto de las causas de los atentados terroristas y –lo que es peor- lían a los demás. Por supuesto, a la hora de afrontarlas contaré con mi deformación profesional, o sea, con lo que la Economía pueda aportar, que, por cierto, no es poco, a tenor del enorme volumen de investigaciones consagradas al fenómeno terrorista desde una perspectiva económica (yo mismo, en este blog, también he tratado de aportar a ello mi “granito de arena”).

1) Causa material:

La causa material de un atentado la conforman los componentes materiales que lo producen. Esa “materia” se encarna en los explosivos, y en los terroristas que los activaron. En cuanto a los explosivos, de su materialidad química, poco hay que, o mejor, poco puedo decir. Importa mucho, muchísimo más su aspecto o dimensión económica. Casi con seguridad el coste de preparar el atentado de Bruselas no superará los 200€ (incluyendo el taxi al aeropuerto). De igual manera, se estima que en los atentados de Paris el coste no ascendió a más de 15000-17000€ (incluyendo desplazamiento desde Bruselas y estancia  en Paris). Con estas cifras lo que quiero recalcar es que los costes financieros de un acto terrorista son o pueden ser habitualmente prácticamente despreciables, a diferencia de los costes de financiar una organización terrorista (por ejemplo, el ISIS) que es algo muy diferente.

Y ello es extremadamente importante pues la implicación que se sigue de esta diferencia es obvia: todos los intentos para combatir  la actividad terrorista en Europa atacando a su financiación están condenados de antemano al fracaso, y no resisten el más mínimo análisis coste-beneficio en la medida que su implementación supone molestias y costes de transacción a los usuarios del sistema financiero no justificados o ineficientes pues con toda seguridad estos costes superan a sus escasísimos beneficios -si es lo que los hay- en cuanto a su utilidad o eficacia para prevenir atentados. ¿Me pueden decir estos “expertos” en la prevención de la financiación del terrorismo cómo se puede evitar que un grupo terrorista “distraiga” 300 o 5000 o hasta 1000€ de sus gastos legales y corrientes para comparase los componentes químicos legales de un explosivo, que se usan en jardinería, o incluso un kaláshnikov?

Y la razón de ello es muy simple y hasta elemental: la metodología que se sigue en las tareas de prevención de la actividad terrorista es precisamente la contraria a la que se debería seguir ya que está copiada/calcada de aquella que busca atajar el blanqueo de capitales. Pero, debiera resultar evidente que la actividad de financiación del terrorismo busca, por lo general, lo contrario: “ennegrecer” los capitales, dedicarlos o desviarlos a actividades ilícitas como lo son las terroristas, no “blanquearlos”. Si a esto se le suma lo exiguo de los capitales necesarios para financiar un atentado, la conclusión es evidente: las medidas que tan costosamente los bancos y demás intermediarios financieros se ven ahora obligadas a cumplir no sirven para nada. Sólo se traducen en comisiones más elevadas que cargan a sus clientes.

Puestos a tratar de prevenir la actividad terrorista, más valdría me parece a mí usar del mercado y no de las normas o regulaciones legales. En este terreno, la lucha contra la actividad criminal ofrece desde hace ya muchísimos años un buen ejemplo a seguir. Y es que si se piensa un poco, las similitudes entre la prevención de la actividad terrorista y la prevención de la actividad criminal son evidentes, y de esto último la policía tiene una larga experiencia. Se trata, a fin de cuentas, de adquirir o comprar información previa a un atentado o la comisión de un delito que permita desbaratarlo, y de ahí la importancia de contar con “arrepentidos” e informadores dentro de las organizaciones, soplones y demás. Ahí, en esa tarea de la compra de información es donde se puede eficientemente gastar los recursos para prevenir la actividad terrorista y no alterando a lo tonto la vida económica y comercial de la gente sólo para que unos “expertos” burócratas se sientan realizados en su oficio.

Finalmente, en este punto de la causa material de un atentado, del qué “produce” un atentado, se impone una breve referencia a los recursos humanos implicados en el mismo, o sea, los propios terroristas. Desde una perspectiva económica, es decir, como “coste de personal” para la organización terrorista, puede suponerse que ese coste será muy bajo, pues la actividad terrorista constituye una de sus señas de identidad (como más adelante habrá ocasión de comentar). Esa “baratura”  no significa que no se puedan instrumentar medidas de política económica para frenar la actividad de la organización terrorista como resultado de hacérsela más “cara”.

La idea es que los terroristas que componen las organizaciones responden, como el resto de la gente, a los incentivos de precios. Incluso los terroristas suicidas, cuyo compromiso con su propia muerte parecería ponerles fuera de la égida de la economía. En efecto, un error muy común a la hora de hacer frente a la actividad terrorista consiste en suponer que los terroristas no son racionales instrumentalmente y no responden a la misma lógica económica que los demás mortales. Pues bien, por enloquecidos que sean respecto a sus fines, el serlo, el estar locos, no les impide sino que por el contrario les exige que sean muy racionales instrumentalmente. Han de serlo, han de ser extremadamente racionales, además, por una simple razón: caso de que no lo sean, caso de que se permitan el “lujo” de desfallecer en su racionalidad, la policía acabará rápidamente con ellos. Es decir, que la lógica darwiniana de la lucha por la supervivencia impone o prescribe a los miembros de las organizaciones terroristas que operan en un entorno hostil, como es Europa, la obligatoriedad de un comportamiento racional so pena de la extinción.

Ello se traduce en que los terroristas han de comportarse de un modo sorprendentemente racional y medido. Y, en efecto, así lo hacen incluyendo a los en principio más irracionales o “locos” de entre ellos: los terroristas suicidas. Es por ello, como ha mostrado el ejército israelí, que los terroristas suicidas responden también al “alza del precio” del atentado, a la elevación de los “costes” por llevarlo a cabo, a los “castigos” en suma, exactamente igual a como lo hace el resto de la gente. Obviamente, no responden  a los que se les pueda infligir a ellos mismos, tras el atentado, pues el hecho de su muerte impide castigarlos a posteriori. Pero sí que se pueden diseñar castigos o costes a priori que les disuadan de llevar a cabo sus actividades. Por ejemplo, la expulsión discrecional e indiscriminada de la Unión Europea de los familiares y hasta de los amigos de un terrorista tras la perpetración de un atentado suicida podría ser una medida disuasoria pues elevaría los costes para él de “permitirse” ese tipo de muerte. Hacerle ver al posible terrorista suicida que los costes de sus acciones ya que no recaerán sobre él, que estará en el “Paraíso” de los creyentes disfrutando de las 72 vírgenes que se les promete, sí que recaerán sobre sus seres queridos en este mundo terrenal tendría el efecto previsto por la teoría económica. Tal política sería semejante a la que sigue el ejército israelí cuando procede a la demolición de la casa familiar del terrorista suicida dejando a todos sus familiares en la calle en la pobreza, sin pertenencias de ningún tipo. No digo que sea una medida justa. Tampoco que sea legal. No la suscribo, por tanto. Sólo la expongo a efectos ilustrativos para mostrar que también los terroristas suicidas, que aparentemente están al margen de cualquier tipo de incentivos y presiones, no lo están. Como ha mostrado el ejemplo de las medidas israelíes que penalizan a la familia del terrorista israelí, el hecho de que hayan sido efectivas muestra a las claras que hasta los terroristas suicidas responden a la lógica económica de los costes y de la ley de la demanda. Y si ello es así, cabe la posibilidad de diseñar otro tipo de políticas económicas antiterroristas, obviamente más éticas y legales, que busquen el mismo objetivo de disuasión de los terroristas. Obsérvese que hablo de políticas económicas, no de políticas psicológicas e ideológicas pretendiendo convencerles de que sean buenos, sino de políticas que alteren los incentivos a los que racionalmente responden.

 

2) Causa formal:

Se refiere a la forma como se articula la materia de un fenómeno. En nuestro caso, la causa formal abarca lo que podría denominarse el “diseño” del atentado. Su plan y su logística. A algunos “analistas”  se les va literalmente la “olla” al hablar de la logística de los atentados, como por ejemplo, el reciente de Bruselas. Como si un atentado de este tipo, o los de Londres o Madrid, requisiesen de la misma planificación y diseño que un viaje a la Luna. Pero ¿es que se necesita una gran logística para coger unas maletas, irse a un aeropuerto, pillar unos carritos portaequipajes y buscar el lugar y momento más “adecuados” para detonar los explosivos? ¿O para meterse en un metro o en un tren como sucedió en Madrid y hacer lo mismo? De nuevo aquí los “analistas” confunden la logística de una organización terrorista que puede incluso pretender suplantar o crear un estado, como es el ISIS, con la logística necesaria para realizar una actividad terrorista concreta en Europa. A lo que parece, esta no es más difícil de llevar a cabo que la requerida para organizar un fin de semana en Paris o en Bruselas, incluyendo el aprovisionamiento de material explosivo químico legal, unos kaláshnikov en buen estado en el mercado negro de Amberes (creo que salen por unos 600-700€ la pieza), cosa que parece que no es difícil para gente con unos mínimos contactos con la delincuencia callejera, y poco más.

Atacar  una logística tan “sencilla” es, por tanto, extremadamente difícil y costoso. Lo simple, lo sencillo, es lo más complicado de controlar. ¿Qué veremos en unos días? Pues, quizás, la instrumentación de medidas como el control de equipajes antes de entrar a los aeropuertos, quizás la prohibición de usar los transportes públicos con mochilas o maletas. No sé. En cualquier caso, ya cabe anticipar que serán inefectivas pues el conocido principio efecto sustitución, tan querido por los economistas, acabará operando inevitablemente. Si se ponen más trabas para atentar en los aeropuertos o en el metro, atentarán en otros lugares.

Pieza fundamental en la logística de un atentado terrorista es la base de apoyo. Y aquí el papel que juegan las “comunidades musulmanas” a la hora de invisibilizar a los terroristas es fundamental. Sin ellas no hay una base segura para el diseño y preparación de los atentados por poca logística que comporten. En consecuencia, hasta que esas comunidades no asuman un papel proactivo para expulsar a aquellos de sus miembros susceptibles de caer en el terrorismo, éste no acabará.

 

3) Causa eficiente.

Por causa eficiente de un acontecimiento se indaga por su razón de ser en el sentido de ser su origen o “justificación” genética, su conexión en cadena con acontecimientos pasados. ¿Con qué puede encadenarse causalmente un atentado terrorista que acaba con la vida de muchas personas y mutila a muchas otras más? Dada la estructura característica de la mente humana en la que la noción de reciprocidad es esencial, a la hora de dar cuenta del porqué de un atentado, de buscar su justificación “histórica” o genética, se suele recurrir a una misma lógica histórico-causal: un atentado sería la respuesta a una agresión previa. Los atentados terroristas no serían por tanto acontecimientos aislados sino que serían el eslabón final de una cadena en donde un eslabón precedente fue un ataque previo, ataque anterior que sería la causa eficiente del mismo su razón de ser explicativa/justificativa.

Concretamente, y como causa eficiente de los atentados terroristas yihadistas en Europa se alude de modo habitual a los ataques o agresiones que sufre el ISIS por parte de la coalición internacional en “su” territorio en Oriente Medio. Antes del ISIS, también se esgrimen como causas eficientes de otros atentados la intervención en Afganistán y en Irak, o la tibia actitud frente a la política de Israel de ocupar o sojuzgar Palestina.

Pero, no sólo se han usado esas “agresiones” como causas eficientes de los atentados terroristas. El delirio aquí, en la búsqueda de “justificaciones” por parte de los yihadistas, no conoce límites. Hay terroristas que se han remitido al Califato de Córdoba y la Reconquista de Al-Andalus como motivación última para sus actividades, enmarcándolas de este modo en el seno de una “guerra de liberación”.

Las anteriores “causas eficientes” de los atentados son, desde una perspectiva económica, poco creíbles. Son más bien “racionalizaciones”, o sea, justificaciones grandilocuentes que, en nombre del bienestar de algún público o colectivo (por ejemplo, el Islam), hacen los agentes individuales de sus actos cuyo objetivo oculto y real es satisfacer intereses privados o particulares. Para la Economía, y en general y por principio, no hay Causa general y pública con mayúsculas que no esconda causas más minúsculas, pedestres y egoístas. Para la Economía, los individuos, digan lo que digan explícitamente sobre las motivaciones de sus comportamientos, nunca hacen nada que sea contrario a sus propios y personales intereses, incluyendo a los terroristas suicidas que, con su “martirio” en pro de la Causa, consiguen aumentar el nivel de vida y el status de sus familiares.

Y aquí, a la hora de hallar una causa eficiente más personalizada aparecen siempre los “expertos”  que “explican” el porqué de estos atentados yihadistas también como una respuesta compensadora ante un agravio previo, pero que no sería el de unas agresiones llevadas a cabo hace siglos o, en estos tiempos,  en tierras lejanas contra “la comunidad de los creyentes”, sino de tipo personal o individual. Los atentados, desde esta perspectiva, serían la respuesta a la agresión económica y social de tipo discriminatorio que sufren (o se cree que sufren) algunas de las personas de religión islámica que habitan en los países de Europa Occidental o cuyo origen es un país predominantemente islámico. La causa eficiente de los atentados sería, pues, la llamada islamofobia que generaría en algunos reacciones de venganza extremada.

Con arreglo a esta interpretación, la supuesta discriminación que sufriría la población de origen árabe y/o musulmana de religión llevaría a algunos de sus miembros de sangre más caliente y cerebro más débil a optar por la violencia contra las sociedades de “acogida” por no haber sido lo suficientemente “acogedoras”. La “culpa” de los atentados terroristas recaería pues, tanto en las sociedades occidentales por no ser lo suficientemente integradoras, como en los terroristas por sus problemas psiquiátricos. La solución, para estos “expertos”, pasaría porque las sociedades occidentales alteraran sus legislaciones y dedicasen más recursos a la “integración” de los musulmanes no integrados lo suficientemente. Y esta es la piedra de toque de toda la argumentación. Pues si no existe discriminación o, si aún existiendo, esa integración no es posible o no se quiere, la entera propuesta de solución no sería sino la aceptación de un chantaje.

El asunto de la islamofobia merece un poco más de consideración. En primer lugar, se impone  recordar que desde la perspectiva de los más firmes creyentes en las enseñanzas del Profeta Mahoma, somos los occidentales ateos y/o agnósticos los que por definición nos encontramos entre lo peorcito del mundo en términos morales, es decir, lo más despreciable, la hez de la Tierra? No sólo no seguimos la verdadera fe, sino que incluso en una buena medida muchos hemos abandonado esa fe sucedánea en un Dios único que es la base de la religión cristiana. Recuérdese que dentro del Islam, la apostasía es un delito penado incluso con la muerte. Comemos cerdo, bebemos alcohol, pasamos de muchas de las demás prohibiciones y normas que aparecen en el Corán, las mujeres van por ahí “indecentes”, se atreven incluso a dar órdenes a sus maridos y a realizar otros muchos actos pecaminosos que, para algunos, puede serlo el conducir en público, blasfemámos, etc., etc….. En suma que no cumplimos por lo general los mandamientos del Corán y ni siquiera los del profeta Jesús tal y como se recogen en el Evangelio. Para un musulmán yihadista sin duda que somos condenables y, posiblemente, merecedores de extirpación de la corteza terrestre. Nada valioso perdería la Humanidad por ello.

No sé hasta qué punto algo de lo recién dicho, en forma eso sí muy, muy, suavizada, podría extenderse a los musulmanes en general. A este respecto, no dudo de que exista rechazo a la convivencia desde el lado -digamos que- occidental a la población de origen y religión musulmana, pese a la ya larga tradición de tolerancia que Occidente viene defendiendo -aunque no siempre practicando ni mucho menos- desde hace tres siglos. Pero tampoco tengo duda de que un cierto rechazo también se da desde el otro lado. La integración no sólo es cosa de una de las partes. Como bailar un tango, es cosa de dos. Y cabe pensar que por la parte musulmana tampoco es patentemente clara la voluntad de integración en una cultura como es la occidental cuyos valores/creencias/comportamientos están en disonancia con los suyos en muchos extremos. No es raro que los buenos musulmanes sean remisos a mezclarse con “nosotros”, los pecadores occidentales. Simplemente ocurre que quizás con excepción de los curas, las monjas, y gente como los Kikos y los legionarios de Cristo, el resto de los poco o nada creyentes no somos para ellos, los musulmanes más rigoristas,  una gente muy recomendable. Es lógico: no cumplimos buena parte de los preceptos o reglas morales que rigen muchos de sus comportamientos y sentimientos.

Tampoco tengo por ello dudas que la obvia contradicción que se da entre la baja posición económica de las poblaciones religiosas musulmanas en Europa Occidental de un lado, y su alta moralidad que se sigue de la aceptación de la “verdadera fe” y el seguimiento de las enseñanzas del Profeta, producirá una disognancia cognitiva, un malestar psicológico cuyo aplacamiento puede llevar a algunos de sus miembros al terrorismo, y contribuir por ello a motor causal eficiente de los atentados.

 

4) Causa final.

La causa final de un fenómeno indaga por su propósito. En el caso de los atentados, la causa final busca responder a la pregunta de para qué hace esta gente estas salvajadas ¿Con qué propósito u objetivo? Esa es la cuestión esencial. La respuesta inmediata es obvia: para hacer daño. Las víctimas y los destrozos materiales están ahí para mostrarlo. Pero, ¿es ése el tipo de daño objetivo último de la actividad terrorista? Cabe dudarlo .Y aquí abundan las consideraciones alternativas.

He oído a este respecto del objetivo último delirios auténticos. No puedo pasar por alto la opinión de un conocido economista mediático, del que no diré su nombre, un creyente apasionado en el Dios Mercado que se manifiesta a todas horas y en todos los lugares en los mercados financieros (el Mercado sería por tanto para este economista mucho más que el Dios Cristiano, pues no sería sólo Uno y Trino, sino Uno y Múltiple), para quien con los atentados de Bruselas lo que pretenderían realmente los terroristas sería atentar contra “los mercados”, pero que, como era de esperar, pues el Mercado es Omnipotente, nada habrían conseguido pues nada podían conseguir. ¡Virgen Santa! ¡Cuánta estupidez!

No menor, por cierto, que la que manifiestan los abundantes analistas que señalan que la causa última o final de la acción terrorista, su propósito, era “atentar contra el corazón de Europa”. ¿No les dará vergüenza decir semejantes payasadas?  Pero ¡bueno! ¿Puede acaso  un atentado que “cuesta” 30 víctimas mortales y algunas decenas o centenas de heridos “parar” el “corazón de Europa”, sea lo que sea esto, o mejor, quiera decir esto lo que quiera decir? ¿Puede algún atentado terrorista acabar con algún estado moderno o ponerlo “de rodillas”? Obviamente no. Y eso lo saben los terroristas que viven en ellos y saben de su fuerza y estabilidad. Es absurdo siquiera hablar en estos términos.

Y están luego los que piensan que el objetivo de los terroristas es mucho, mucho más perverso. Más que los daños personales y materiales que provocan, que son escasos desde una perspectiva estatal y no digamos europea, y no pueden afectar a sus instituciones, lo que pretenderían los terroristas en su opinión sería provocar unas reacciones que sí que nos acaben afectando negativamente. Concretamente, el objetivo para estos analistas sería que los ciudadanos de Europa perdiésemos nuestras libertades a consecuencia de la implementación de políticas antiterroristas que, buscando la seguridad de los ciudadanos, acabasen al final con su libertad.

Pues bien. No dudo que eso está ya sucediendo y no dudo tampoco de que va a suceder aún más en el futuro cercano, pero estoy totalmente seguro de que ése no es el objetivo final de los terroristas. Simplemente por la sencilla razón de que no les da la cabeza para pensar o imaginar un argumento de esa entidad, pues para ellos las ideas, conceptos y nociones de lo que llamamos libertades les “pillan” con el pie cambiado, por decirlo así. Se encuentran en un campo semántico y conceptual al que es imposible que accedan desde la estructura mental que conforman en ellos la interpretación rigorista del Corán y las enseñanzas de imanes radicales en las mezquitas. Para quien la libertad de pensamiento y actuación carece de sentido, es decir que es sencillamente incomprensible o impensable, buscar los medios de que otros la pierdan no puede ser un objetivo final de sus actos, pues no es por ellos valorado. Es algo semejante a lo que les ocurre a quienes padecen algún tipo de disfunción perceptual: para quien es sordo la delicadeza de las sonatas de Beethoven se le escapa.

El universo mental de los terroristas yihadistas nos resulta por tanto a los occidentales no creyentes de hoy en día completamente ajeno y sólo desde la historia de las mentalidades podemos tener quizás un atisbo de sus características. Quizás, pero no estoy nada seguro de ello, a su universo conceptual pueda uno aproximarse leyendo y tratando de sentir (y ahí los creyentes cristianos tienen una indudable ventaja comparativa pues comparten un substrato similar) cómo era el hombre medieval cercado por una comunidad cerrada y cuyo mundo venía explicado por una autoridad religiosa, incontestable en la medida que venía sustentada en la supuesta “palabra de Dios”. (Esta cerrazón conceptual llega por ejemplo al extremo de que los más creyentes entre los musulmanes utilizan todavía en estos tiempos que corren de la tinta disuelta de una página del Corán puesta en remojo como medicina pensando que, puesto que esa tinta ha sido vehículo de la “palabra de Dios”, será por ello un eficaz medicamento).

Entre quienes se apuntan a este tipo de explicación causal final están los que nutren las hordas del “buenísmo”. Me refiero a todos aquellos que suscriben a pies juntillas, sin pararse a pensar un momento en ello, la idea de la islamofobia como concepto explicativo de algo. Con arreglo a esta interpretación, los atentados tendrían como objetivo el que aumentase la islamofobia lo que se traduciría a su vez en más discriminación contra la población musulmana y, en consecuencia, el crecimiento en el número de posibles adeptos a la “yihad de la espada”, o sea, más militantes en las organizaciones terroristas. O sea, que desde esta perspectiva, los atentados serían parte de una política de reclutamiento de personal.

Pero no creo, como ya he señalado antes, que estos desencuentros grupales sean la causa final de la actividad terrorista. Los atentados son, y desde hace tiempo así lo sabemos, una señal performativa. Un medio por el que no sólo unos agentes -los terroristas- comunican al mundo su presencia sino que, para hacerlo, eligen un medio que crea o refuerza su propia identidad, que es por tanto performativo. Este es el enfoque que se sigue de la obra de George Akerlof y Rachel Kranton, Economics of Identity, un magnífico punto de partida para estudiar, desde la Economía, cómo la persecución y defensa de una identidad puede llegar a elegir medios completamente desproporcionados que, incluso, atentan contra la propia vida de los individuos. Desde la perspectiva que proporcionan Akerlof y Kranton resulta clara la razón de que el terrorismo yihadista en Europa surja entre las poblaciones jóvenes de origen musulmán. Carentes en muchas ocasiones de una identidad como Europeos pues se sienten al margen y/o están marginados, pero ya no siendo magrebíes o palestinos o sirios o afganos pues sólo conocen los países de origen de sus padres si van de turismo y en ellos no podrían ya vivir, ya no son ni de un sitio ni de otro. A estos individuos, el yihadismo les ofrece una identidad, un entramado emocional e intelectual que ensambla todo su ser y sin el cual se deshacen, una encarnadura moral que les hace sentirse superiores a los demás. Esa persecución y defensa de una determinada identidad explica, asimismo, el porqué son musulmanes quienes más sufren estadísticamente los atentados de la yihad. Los musulmanes que “se dejan llevar”, que se dejan seducir por la molicie occidental, que no son lo “suficientemente” musulmanes, se convierten por ello mismo en traidores que merecerían un adecuado castigo para los que guardan la pureza identitaria.

 

* Fernando Esteve es Doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid, profesor titular de Fundamentos del Análisis Económico, de la Facultad de Económicas de la UAM y Director de la Escuela de Inteligencia Económica. 

 

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LA LÓGICA ARISTOTÉLICA Y LAS CAUSAS DEL TERRORISMO