28 Agosto, 2014

*Fernando Esteve Mora

Maldición Megaproyectos

Es que no falla. Ya se trate de los mastodónticos equipamientos para una Copa del Mundo o una Olimpiada, o de las faraónicas obras de un nuevo aeropuerto internacional, de una nueva línea de alta velocidad, de un canal que una dos océanos, o de una gigantesca presa hidráulica, da igual.

Con casi total seguridad en todos esos casos y otros similares siempre pasará lo mismo: ocurrirá que los costes de su ejecución se dispararán y harán pequeña la ya abultada cifra  que inicialmente se presupuestó para sufragar su realización para gran irritación y desánimo de aquellos que, al final, tendrán que correr directa o indirectamente con esos sobrecostes, o sea, los contribuyentes.

Si a estos desvíos presupuestarios se suma el que también por el lado de los ingresos las previsiones suelen ser demasiado optimistas, se llega a la ineludible conclusión a la que el mayor experto en megaproyectos, Bent Flyvbjerg, ha llegado: que corren de modo habitual el elevadísimo riesgo de acabar siendo fiascos económicos de tal magnitud que pueden perturbar la estabilidad de las sociedades que los emprenden y de las empresas que los ejecutan.

Centrándose en la cuestión de los sobrecostes, la pregunta obvia es la de por qué suelen ser norma esos sobrecostes en los megaproyectos públicos.

Sin duda que, en cada caso concreto, será siempre posible encontrar  motivos o factores “idiosincrásicos” que expliquen esas desviaciones presupuestarias, circunstancias particulares, propias de cada proyecto y por ello de lo más variopintas, y que van desde la corrupción a  problemas técnicos o políticos imprevisibles por inesperados.

Así, y por poner un ejemplo, puede citarse  el caso de los sobrecostes del proyecto de  ampliación del canal transoceánico en Panamá, sobrecostes estimados en unos 1600 millones de dólares por encima de los 5250 millones presupuestados inicialmente.

El grupo encargado del proyecto, United for the Panama Canal (UPC), encabezado por la constructora española Sacyr, ha aludido  a la hora de justificar su petición de un mayor presupuesto a los problemas técnicos sobrevenidos asociados a la mala calidad del cemento suministrado por la empresa panameña encargada de hacerlo (una empresa, por otro lado, que se dice relacionada con la familia del presidente de la república panameña) y los incorrectos informes geológicos de los que el equipo de UPC dispuso y en los que se basó para elaborar sus previsiones de costes.

Pues bien, es obvio que las desviaciones presupuestarias de cada proyecto particular tendrán siempre unas causas concretas propias,  pero el hecho de que los sobrecostes sean la norma en todo tipo de megaproyectos, sea donde sea que se llevan a cabo y sean cuales sean sus características particulares, lleva a pensar que algo más que esos factores particulares debe de haber a la hora de explicar esos desvíos presupuestarios.

Ese algo más, ese “algo” de aplicación general y presencia ubicua que explica que las decisiones de las empresas que ganan las licitaciones para llevar adelante esos megaproyectos parezca que pequen al final de poca inteligencia económica es muy posible que sea el fenómeno que se conoce como la maldición del ganador.

Se trata de un conocido mecanismo que, a menos que se sea bien consciente de su presencia, conduce a decisiones erróneas que amargan el triunfo a los vencedores en subastas, licitaciones y otras competiciones similares.

Un ejemplo sencillo da una  pista de en qué consiste esta “maldición”: Imaginemos que se subasta un tarro de monedas de euro entre un grupo de personas de modo que se lo acaba llevando quien, cuando se abren los sobres que contienen las pujas, haya escrito la cifra más alta.

A la hora de decidir  cuánto pujar, cada uno de los participantes se hará su propia componenda respecto a  la cantidad de monedas que puede haber en el tarro.

Es de cajón que la puja que haga un participante cualquiera será una cantidad inferior a su estimación de la cantidad de monedas que hay en el tarro para así obtener un beneficio caso de ganar en la subasta, pero tampoco será demasiado inferior pues si se “pasa” por abajo está claro que no tendrá  oportunidad de ganar la subasta.

Ahora bien,  está claro que lo habitual será que las expectativas acerca de la cantidad de monedas que hay en el tarro difieran entre los participantes en la subasta: los habrá más optimistas que crean que hay muchas monedas y los habrá más pesimistas que estimen que hay relativamente pocas.

Y lo más frecuente, además, será que tanto los más optimistas como los más pesimistas anden equivocados, es decir, que la cifra real de monedas será una cantidad intermedia entre las estimaciones más altas y las más bajas.

Pero, si esto es así, la implicación es obvia: dado que la subasta la ganará con seguridad aquel participante que tenga la estimación más optimista de la cantidad de monedas de euro que contiene el tarro, lo habitual será que tras ganarla, descubra que ha metido la pata, que la cantidad de monedas que hay en el tarro es inferior a lo que ha pagado por él por lo que su apuesta habrá resultado ser muy poco inteligente.

En el caso de los megaproyectos sucede algo muy semejante a la subasta del tarro de monedas. Cada empresa participante en la licitación puja por ella a la baja, pues gana el contrato la empresa que  esté dispuesta a realizar el proyecto al menor coste. Gana el concurso sí, pero con demasiada frecuencia  la alegría del triunfo se tornará en amarga decepción conforme descubra que la sombra de la maldición del ganador se empieza a extender sobre su cuenta de resultados.

La realidad de que sus expectativas sobre los costes que tendría que afrontar para llevar adelante el proyecto eran  sobremanera optimistas acaba por lo general imponiéndose dando así paso al conocido ciclo de retrasos en el cumplimiento y entrega de las sucesivas fases del proyecto, multas y penalizaciones por incumplimiento, disputas legales,  pérdida de reputación, etc., etc.

No se sabe qué diferencia había entre la oferta del grupo encabezado por Sacyr en el concurso para la realización de la ampliación del canal de Panamá y las de sus rivales. Dado que consiguió el contrato sin duda que su oferta era mejor, por más baja, que la del resto de los concursantes.

Se rumoreó que su presupuesto de ejecución de las obras era un 30% inferior a la del competidor más cercano. No se sabe con certeza, y quizás la diferencia real no fue al final de tamaña magnitud, pero caso de que la diferencia sí hubiese sido significativa, a la explicación de las desventuras que ha sufrido en los últimos tiempos es probable que hubiera que sumar otra: cierta falta de inteligencia económica implícita en no tener en cuenta los efectos de la maldición del ganador.

* Fernando Esteve es Doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid, profesor titular de Fundamentos del Análisis Económico, de la Facultad de Económicas de la UAM y Director de la Escuela de Inteligencia Económica 

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LA MALDICIÓN DE LOS MEGAPROYECTOS