4 Marzo  2015

* Fernando Esteve Mora

Igual de irritante, si no más, que la indignidad moral de los corruptos que tanto parecen abundar en las capas rectoras de la sociedad española es su más que manifiesta estupidez. Ocupando como ocupan puestos importantes en  los diversos ámbitos o estamentos de la misma, formando por tanto parte de su sedicente elite meritocrática;  todos, tanto corruptos como corruptores, parecen sin embargo desconocer un hecho evidente y asimilado desde hace ya tiempo por el común de las gentes, cual es que el tiempo de los secretos ya ha pasado; que vivimos en una sociedad crecientemente transparente y que valora cada vez más la transparencia; que todo tipo de  relaciones interpersonales -incluidas las que ligan a los corruptores con los corruptibles- por muy ocultas que se quieran mantener siempre dejan rastros que pueden seguirse… si así se quiere hacerlo, claro está.

En 1972, el gran periodista y editor del  New York Times James Reston, para dar cuenta de  la razón última de la filtración pública de documentación clasificada acerca de la guerra del Vietnam -los que entonces fueron llamados Papeles del Pentágono-, no acudió a una explicación política, filosófica o moral, sino a una de tipo técnico. Para Reston, la responsabilidad última de auqella filtración a la prensa no se encontraría en el o los funcionarios desleales que la llevaron a cabo sino en Chester Carlson, el inventor de la fotocopiadora, la máquina  que capacitaba a cualquiera con acceso a un documento confidencial a acabar con su unicidad y, por tanto, con la  característica  esencial de todo documento que se pretenda secreto: su exclusividad, la limitación en el acceso al mismo.  El año 1959, año en que se difundió la primera fotocopiadora para oficinas,  marcaba pues para Reston  el comienzo de la etapa final de la era del secreto; etapa que hoy, con las en su tiempo inimaginables nuevas tecnologías de la información y la comunicación que se encuentran  incorporadas en un artilugio tan sencillo como un teléfono móvil, puede darse definitivamente por concluida. Cada vez resulta más evidente que hoy no es posible poner cancelas inviolables a la filtración de documentos clasificados o evitar con total certeza que se acaben conociendo actividades que se quieren secretas, como muestra a las claras Wikileaks.  Todo el mundo -menos aparentemente los corruptores y corruptos de nuestra sociedad- sabe que cualquier cosa, documento u hecho que haya sido conocido, visto u oído, directa o indirectamente, por alguien puede también ser dado a conocer a muchos otros o a todo el mundo gracias a Internet. El tiempo del secreto que probablemente dio comienzo con los ritos religiosos en las cavernas paleolíticas habría pues llegado a su final con el escáner y el móvil.

fin del tiempo de secretos y corrupción

Es en efecto poco cuestionable que el conocimiento público de tantos y tantos casos de corrupción se debe a la difusión de correos electrónicos, mensajes de texto o de whatsapp, fotos, vídeos o documentos escaneados que evidencian la existencia de una transacción o acuerdo entre algún corruptor y algún corrupto. Pero, a despecho de la opinión de Reston, parece claro que recurrir sólo a las nuevas tecnologías a la hora de dar cuenta de la cada vez mayor visibilidad de la corrupción no agota la explicación cabal de la misma y que  hay que  dar  cabida a otros elementos explicativos de tipo personal o subjetivo. El hecho de que los medios técnicos actuales faciliten la divulgación de los secretos, si bien es condición necesaria para que lo que se pretende oculto pueda ver la luz, no es condición suficiente. Se requiere también  que haya  algún conocedor del secreto que tenga  la voluntad o el interés por contar o exponer lo que se pretendía que quedase en secreto. Para desvelar los comportamientos corruptos ha de haber alguien que ponga esas pruebas de corrupción, conseguidas gracias -eso sí- a los nuevos medios de comunicación, en manos de los jueces, la policía,  los periodistas o del público en general.

Ahora bien, una “transacción”  entre corruptor y corrupto  no es nunca una interacción diádica sólo entre ellos dos,   siempre es -al menos- triádica: siempre hay una tercera parte que actúa de testigo, facilita o se encarga de la gestión de las “pequeñas” cosas que exige el cumplimiento del acuerdo entre las dos partes principales. Dado que ni el corrupto ni el corruptor tienen incentivos para traicionarse, caso de que  cada uno se atenga al acuerdo al que han llegado, está claro que quienes pueden poner en evidencia un caso de corrupción sólo lo pueden ser esos  ayudantes o asistentes del corruptor o del corrupto implicados. Son ellos los que, gracias a los medios técnicos actuales, pueden denunciar y sacar a la luz pública la secreta corrupción.

Y aquí aparece el segundo factor que explica la  cada vez mayor visibilidad de la corrupción: el paulatino declive de la lealtad hacia los poderosos por parte de sus asistentes. De siempre los poderosos han necesitado contar con otros en quien confiar plenamente, otros que pudiesen mantener en secreto lo que no querían fuese hecho público. Para ello, y como explicaba el sociólogo Lewis Coser, la historia muestra un surtido amplio de mecanismos sociales, a los que  denominaba  instituciones voraces, que así lo eran  en la medida que se caracterizaban por exigir de sus miembros una  lealtad exclusiva e incondicional, una fidelidad perruna, a sus dirigentes. Sectas  e iglesias, movimientos políticos clandestinos, servidores personales…son ejemplos de este tipo de instituciones que devoran la personalidad de sus miembros al servicio de sus líderes, formas institucionales  cuyo declive es un marcador más de la modernidad.

Corruptores y corruptos deberían saber que también el tiempo de las lealtades incondicionales de sus ayudantes y servidores ha finalizado. La paulatina desaparición de las instituciones voraces es un un avance que tiene sin embargo un reverso oscuro cual es que en el mercantilizado mundo moderno no hay  lealtad que no pueda ser convertida en mercancía que se venda al mejor postor…. Pero ¿qué esperaban corruptos y corruptos? Habiendo ellos mismos llevado al mercado los valores de la decencia personal, la responsabilidad pública y la lealtad hacia la sociedad, ¿pretenden acaso que sus sirvientes y ayudantes estén al margen de la misma deslealtad que ellos mismos fomentan?¿Tan estúpidos son?

* Fernando Esteve es Doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid, profesor titular de Fundamentos del Análisis Económico, de la Facultad de Económicas de la UAM y Director de la Escuela de Inteligencia Económica. 

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EL FIN DEL TIEMPO DE LOS SECRETOS Y LA CORRUPCIÓN