25 Agosto, 2014

*Fernando Esteve

mundo infeliz

Aún reconociendo el valor del “1984” de George Orwell, he de reconocer que prefiero la otra distopía más característica de nuestro tiempo: la que se encuentra en las páginal de “El mundo feliz” de Aldous Huxley. Escrita en 1932 y ampliada/comentada por el propio autor en 1959 bajo el título de “Nueva visita al mundo feliz”, me parece que la luminosa, limpia, tecnológica, pacífica y “feliz” utopía negativa de Huxley da más en el clavo a la hora de hacernos ver los riesgos y amenazas de la actual realidad y su futuro previsible que la oscura, tétrica y violenta de Orwell, salvo -eso sí- en lo que respecta a la anticipación por parte de Orwell de la creación de lo que él llama neolengua, es decir, esa versión elemental, disminuida y deteriorada del gran activo del género humano que es el lenguaje, y que tan claramente encaja o se parece al “lenguaje” que de modo característico se usa hoy en los nuevos medios de comunicación que la revolución de las nuevas tecnologías de la información han traído, con los indeseables y negativos efectos sobre la cognición humana que Orwell tan correctamente predijo y analizó.

En cualquier caso, la lección que ofrecen Huxley y Orwell y otros es que también hay que leer a novelistas y poetas si uno quiere anticiparse algo al futuro. Y esto no es ninguna boutade. Recurrir solamente a los expertos es caer en el error de creer a pies juntillas en la propia propaganda que los expertos hacen de sus capacidades. Así, en el mejor estudio realizado hasta la fecha acerca del valor predictivo de los expertos en materias tales como la evolución económica, el cambio tecnológico o los fenómenos políticos, el de Philip Teetlock, los resultados son desalentadores para los sedicentes expertos. Sobre todo para los muy especializados, o sea para aquellos que presumen de saber mucho de una pequeña cosa. Parecen defenderse a este respecto mucho mejor los expertos generalistas, aquellos que saben poco pero de muchas cosas. Los novelistas y los poetas no suelen ser expertos en nada, pero si son auténticos artistas, parecería que están dotados de una especial sensibilidad para de alguna manera entender o descubrir los que los expertos no ven u oyen, cegados y sordos por la magnitud de sus conocimientos.

Al margen de sus novelas, y también en ellas como lo ejemplifica su “Mundo feliz”, Aldous Huxley escribió mucho y muy bueno acerca de los problemas de su tiempo. Y espigados aquí y allá en sus textos aparecen reflexiones cuya valía para nuestros tiempos y para los que nos vienen encima merece la pena ponderar. Uno de ellos es el que trascribo a continuación. Corresponde a un ensayo titulado Ciencia, Libertad y Paz que Aldous Huxley publicó en 1946, al poco de haber acabado la II Guerra Mundial. Aunque la cita es larga, creo que es merecedora de atenta consideración. He subrayado en ella, acentuándolo además en negrita, la parte que en mi opinión es la más destacada.

“Está de moda en nuestros días decir que Malthus se equivocó, porque no previó que los métodos de transporte perfeccionados ahora pueden garantizar que el excedente de productos alimentarios producidos en una región sea rápidamente transferido a bajo costo, a otras zonas en que haya escasez. Pero ante todo, los modernos medios de transporte fallan cuando los políticos que preconizan el uso del poder recurren a la guerra moderna, y aun después de la terminación de ésta pueden quedar desarticulados durante el tiempo suficiente para que muchos millones de personas perezcan de hambre. Y, segundo, ningún país en que la población haya agotado la provisión local de víveres puede, en las actuales circunstancias, reclamar parte del excedente de otros países sin pagar por ello en efectivo o en mercaderías. Gran Bretaña y los otros países de la Europa occidental, que no pueden alimentar a su densa población, han podido, en época de paz, pagar los alimentos que importaban mediante la exportación de artículos manufacturados. Pero la India y la China, industrialmente atrasadas -países en que la pesadilla de Malthus se ha hecho realidad en gran escala- producen pocos artículos manufacturados, y en consecuencia carecen de los medios para comprar en zonas menos pobladas los alimentos que necesitan. Ahora bien, en el caso de que pudiera desarrollarse en esos países una industria de producción en masa capaz de ponerlos en condiciones de exportar lo suficiente para pagar los alimentos que necesitan sus poblaciones rápidamente crecientes, ¿qué efectos produciría en el comercio mundial y en la política internacional? El Japón tenía que exportar artículos manufacturados para poder comprar los alimentos que sus superpobladas islas no podían producir. Los artículos fabricados por obreros cuyo nivel de vida era muy bajo, entraron en competencia con las mercaderías fabricadas por los obreros mejor pagados de Occidente y las expulsaron de los mercados. La respuesta de Occidente tuvo carácter político y consistió en la imposición de tarifas arancelarias elevadas, cuotas a la importación y embargos. La respuesta japonesa ante esas restricciones fue su plan de creación de un vasto imperio asiático a expensas de la China y de las potencias imperialistas de Occidente. El resultado fue la guerra. ¿Qué sucederá cuando la India y la China alcancen el grado de industrialización que tenía el Japón antes de la guerra y traten de cambiar sus productos fabricados a bajo coste por alimentos, en competencia con las potencias occidentales, cuyo nivel de vida es mucho más elevado que el de ellas? Nadie puede predecir el futuro, pero indudablemente la rápida industrialización de Asia (con maquinarias, recuérdese esto, de los más modernos y mejores modelos de posguerra) está preñada de las más peligrosas posibilidades”

Huxley era un pesimista malthusiano. Es decir que aceptaba como válida en el largo plazo la idea que sobre el mundo elaboró el reverendo Thomas Robert Malthus al comienzo del siglo XIX, y que viene a decir que, fuera de situaciones transitorias, la finitud del planeta Tierra es una restricción inevitable para la especie humana con la que siempre se ha de contar, lo que se traduce en que las necesidades de recursos (alimenticios y de otro tipo) de las poblaciones crecen siempre a la larga más rápidamente (en “progresión geométrica” decía) de los que crecen las capacidades de satisfacerles (que crecen en “progresión aritmética”). Para los malthusianos, los avances técnicos sólo pueden dar una solución transitoria a esa escasez absoluta de recursos de la que un planeta finito adolece. La posición malthusiana ha sido objeto de un perpetuo debate desde que se enunció. Debate que todavía hoy continua. No es aquí el lugar de comentarlo. Basta con señalar cómo Huxley en pocas líneas junta la posición malthusiana con los efectos de la especialización y el comercio internacional para explicar la guerra en el Pacífico en la II Guerra Mundial.

Para Huxley, Japón se lanzó a la guerra porque tenía la necesidad de crear un imperio territorial, un espacio económico propio, para compensar el hecho de que sus exportaciones de productos industriales estuviesen siendo limitadas por los Estados Unidos y los demás países europeos. Hay que recordar aquí, que estos países se encontraban insertos por entonces en la Gran Depresión de los años 30, de modo que lo que cada uno de ellos trataba -desesperada y equivocadamente- de hacer era “defender” a sus economías (es decir, el precario empleo de sus trabajadores) frente a la competencia exterior. Para hacerlo cada país trataba a la vez de favorecer sus exportaciones y de reducir sus importaciones, política proteccionista de “empobrecer al vecino” que agravó la crisis, pues es evidente que no todos los países pueden tener éxito a la vez estimulando sus exportaciones y restringiendo sus importaciones ya que si todos restringen simultáneamente sus importaciones, inevitablemente todos restringen a la vez sus exportaciones pues las importaciones de un país son las exportaciones de otro. Dicho con otras palabras, para Huxley, fue la contracción de los mercados mundiales en la depresión de la década de 1930 que se produjo a consecuencia de esa generalización del proteccionismo lo que puso al Japón en el disparadero de tener que obtener los recursos alimenticios (y de otro tipo) que necesitaba, no mediante el intercambio y el comercio internacional, sino mediante su apropiación por la fuerza: mediante la expansión imperialista y la consiguiente guerra. Personalmente, esta hipótesis explicativa de Huxley del hecho histórico del comportamiento belicoso del Japón me parece sugerente y digna de ser pensada.

Pero las cosas no se quedan ahí, pues inmediatamente en la cita anterior, Huxley va más allá, y ya en 1946 (hace la friolera de 68 años) se plantea qué puede suceder si China e India acaban industrializándose, que es precisamente lo que hoy ya ha ocurrido. Pues bien, frente a los defensores de esa industrialización permitida y fomentada por la globalización, que la ven como la antesala del más luminoso de los futuros, para Huxley esa industrialización asiática está “preñada de las más peligrosas posibilidades”. La situación que contemplaría sería una repetición de la que había experimentado el Japón antes de la guerra, sólo que ahora al Japón se le añadirían dos potencias demográficas como China y la India. De nuevo el engranaje de mecanismos que dieron origen a la guerra estaría operando: ppor un lado, las exportaciones de esos países amenazarían los empleos de los países occidentales, como por cierto está ya sucediendo; por otro, las demandas de recursos (alimenticios y de otro tipo) de esas potencias estarían creciendo, como se manifiesta en las tensiones en los mercados mundiales de productos alimentarios y de materias primas; y de nuevo, finalmente, ante el miedo a que los mercados mundiales se cierren ya hay una gran potencia emergente, como es China, que no parece ver el futuro con unos ojos optimistas en atención a su -llamemos- política imperialista de mercado por la que busca obtener el acceso a territorios en África y América Latina que le permitan tener un “espacio económico” propio que le sirva como base de recursos (alimenticios y de todo tipo) para anticiparse a que se llegue a la situación de que la globalización se desglobalice, que sufra un parón y vuelvan las políticas proteccionistas como ya pasó antes en la Historia.

Porque hay que pensar que esa pacífica política imperialista de China es de los más extraño dado que, fuera de ser la consecuencia de esa expectativa de que la globalización al final se frene (como ya ha pasado por cierto otras veces en la historia), carece de justificación económica clara. En efecto, si uno espera que los mercados existan y funcionen en el largo plazo, ¿para qué comprar los recursos básicos o primarios como tierras o fuentes de materias primas? Si no hay dudas de que los mercados van a funcionar en el largo plazo, si no hay dudas de que la globalización seguirá profundizándose, lo mejor para operar en un entorno económico de globalización pacífica siempre pasa por especializarse en las actividades donde se es más competitivo.

Sólo si se prevé como factible un futuro violento donde los mercados internacionales desaparezcan o dejen de funcionar tiene sentido para un país una política de acceso directo a los factores de producción como medio de conseguir los productos finales de que se necesita, como hizo Japón a través de su política de expansión territorial cuando la II Guerra Mundial. Si, por poner un símil, uno tiene confianza en que en el futuro va a seguir habiendo panaderías, lo mejor, lo más eficiente económicamente, es dejar a los panaderos el que hagan el pan, en tanto que los demás nos especializamos cada uno en lo que mejor sabemos hacer, ganando así un dinero que luego nos sirve para comprar el pan que necesitamos. Sólo si hay dudas de que en un futuro exista o funcione un mercado para el pan sería aconsejable el que cada uno se vaya buscando cómo acceder a un campo para poder plantar su propio trigo y poderse así hacer su propio pan.

* Fernando Esteve es Doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid, profesor titular de Fundamentos del Análisis Económico, de la Facultad de Económicas de la UAM y Director de la Escuela de Inteligencia Económica 

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¿UN MUNDO INFELIZ? ALDOUS HUXLEY Y LOS RIESGOS DE LA GLOBALIZACIÓN